Puede que sea necesario inventar nuevos alfabetos o formular nuevos ábacos para contar las cosas que pienso.
Puede que, de repente, me compruebe ser prudente y refugie mis deseos en intentos de canción… o talvez, aún mejor, como quizá hay quien precisa, debo ceder complacido a olvidarme de mis días de absoluta quietud. A creer que, si necesario, puede que también su existencia sea plausiblemente oportuna.
Sé que ella no tiene la culpa…
Ella, sólo ha sido la misma que ha mostrado ser a todos. Sólo que, al parecer, yo observé lo diferente.
He sentido la gracia de compartir por instantes la tonada inasible de su ingenio. A descubrir lo corta que se hacen las llamadas si su voz está en el otro extremo. En su orgullo por las huellas que le ha dejado el camino y en su sinceridad, por confesar los zapatos que lleva ahora vestidos.
Pero al final, sin embargo, la sensación que remanece es diferente…
No incurren ya en mis minutos libres la sensación de vacío cual comedia en mis adentros. No recojo entre mis manos el orgullo de saber que definitivamente, mutua el interés de escucharnos, de nombrarnos… de vernos.
No presiento pasos firmes ni tierra arisca en el piso; sino al contrario, convivo, en la media dimensión de locuras y razones. En mis deseos de ser fuerte y en mis ganas de mostrarme débil. Entre la armonía y el desorden que sin proponérselo, en mi ella ha provocado.
Lo que remanece entonces es, el placer virtual de haber sido y la utópica necesidad de querer llegar a ser, cual si alguna incógnita de un destierro anunciado.
Lo que remanece entonces son, las ganas de sentir más que el sonido de sus labios lejos de mí oído.
Remanece la inquietud del sabor de su piel en mis labios.
Remanece el efecto natural de desearle…
Remanecen mis intentos de buscarle sin llevar el permiso de tenerle…
Y la razón inexplicable de extrañarle sin llegar siquiera a conocerle.
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